En torno a La sagrada Familia de Gaudí [*]
Lic. Enrique Robira
Aquí te he traído con ingenio y con arte; ahora toma tu albedrío por guía; allende los caminos pendientes y estrechos, sigue tú adelante
Dante, Purgatorio XXVII, 130.
INTRODUCCION
En los últimos 15 años, la figura y la obra del arquitecto catalán Antonio Gaudí (1852-1926) ha cobrado un interés y valoración creciente hasta el presente.
En la presente monografía no entraremos a considerar cuestiones de estilo artístico porque ello nos situaría en otra problemática que no responde al objetivo planteado en el seminario.
Si, en cambio, nos interesa introducirnos a su idea y concepción estética que reflejan sus diseños arquitectónicos y sus escritos, recuperados en el obrador del templo expiatorio de la Sagrada Familia, situado en la ciudad de Barcelona, tras el incendio que se desató durante la guerra civil española.
La aproximación al mundo expresivo de Gaudí, puede suscitar reacciones diversas y variadas. Desde una admiración, el caso mas frecuente entre sus contemporáneos regionales, para quienes él personificó el llamado renacimiento (renaixenca), donde extrajo de la misma Cataluña su paisaje y tradiciones culturales, hasta un desprecio y desvaloración incondicional de su obra estética. Este último punto de vista proviene de corrientes racionalistas, que en pos de una lógica rigurosa descartan expresiones de contenido irracional, o si se quiere dionisíaco.
Nuestra hipóteis de trabajo gira en torno a la reinserción del espacio consagrado, expresado en el templo expiatorio dedicado a la Sagrada Familia, que hace nuestro arquitecto para una ciudad moderna que ha perdido no solo contacto con lo sagrado, sino también con el sentido del paisaje natural entendido como creación de Dios.
En cuanto a la bibliografía consultada, hemos tomado como fuente primaria y rectora, la obra Escritos y Documentos, donde se encuentran recopilados sus proyectos e ideas acerca del arte y la arquitectura. Asimismo el ensayo de Leopoldo Marechal Descenso y ascenso del alma a través de la belleza como la obra Gloria del teólogo Hans von Balthasar nos han resultado de suma utilidad a la hora de reflexionar sobre la temática estética desde una perspectiva filosófica y teológica, donde por otra parte, encontramos notables coincidencias con las concepciones artísticas de Gaudí.
En el primer punto de esta monografía nos detendremos a tratar cuestiones de filosofía del arte y la belleza, para seguidamente ingresar en el significado estético del templo y el arte sacro.
En el tercer y último punto que denominamos la teología pétrea de la Sagrada Familia, su mayor obra inconclusa, nos proponemos abordar, mediante algunas reproducciones fotográficas, detalles para describir el sentido simbólico que dejó plasmado el arquitecto, particularmente en la fachada de la natividad que proyectó y alcanzó a ver concluida al momento de sufrir el accidente que le ocasionó la muerte en 1926.
1-CONSIDERACIONES FILOSÓFICAS ACERCA DE LA BELLEZA.
“¿Qué cosa es la hermosura presente en los cuerpos?
¿Qué cosa es ella que atrae, que atrae la mirada de los espectadores y les hace gustar el deleite de su contemplación?”
Plotino, De lo bello.
Con esta serie de preguntas filosóficas que Plotino se formuló, partimos para introducirnos en el tema de la estética.1
Leopoldo Marechal en su búsqueda por encontrar el sentido de la belleza propone un movimiento del espíritu en forma descendente y ascendente, un viaje –según sus palabras- para descubrirlo. Concluye con la premisa de la escolástica tomista que la cosa bella atrae naturalmente y agrada a la visión: “(...) se llama bello a aquello cuya vista agrada y por esto la belleza consiste en la debida proporción ya que los sentidos se deleitan en las cosas debidamente proporcionadas como en algo semejante a ellos”.2
De esta definición podemos extraer algunos conceptos afines. En primer lugar la idea de contemplación que implica una relación de conocimiento mediante la apelación a los sentidos para percibir al objeto, es decir la inteligibilidad. Los sentidos se activan y se ven atraídos frente al esplendor o irradiación que se revela a través de un objeto bello generando, emoción y deleite en el sujeto que lo aprecia.
El teólogo alemán Hans von Balthasar en su obra Gloria, profundiza este estudio filosófico y teológico sobre la belleza a partir de la captación de los sentidos:
“Una obra de arte por ejemplo, solo puede comprenderse objetivamente dentro de cierta subjetividad, sintonizada con la obra artística y un análisis de su estructura objetiva presupone la realización de su contenido... Generalizando todavía mas, los colores, los sonidos, los olores solo se dan los órganos de los sentidos que los acogen, y, como este abigarrado mundo en su totalidad solo surge en los seres vivientes y en los espíritus...”3
Así, por ejemplo, nos detenemos a contemplar mediante el sentido auditivo el orden armónico que puede presentarnos una melodía musical, y con la vista una escultura, o en el caso particular que estudiamos una construcción arquitectónica.
Cada época fijó sus propios criterios sobre los cánones estéticos, según la relación entre el hombre y las impresiones del mundo que lo circunda. Es decir, un hecho artístico no puede ingresar en nuestra comprensión si no lo situamos en su contexto histórico correspondiente. “El propio artista, juntamente con la obra total que ha producido, no se halla aislado”, sostenía Hipólito Taine4 en el siglo XIX.
En la cultura occidental, comenzando por los griegos, siguiendo por el arte gótico, el renacimiento, el barroco y algunas artistas del siglo XX, como Mondrián, continuaban insistiendo en la armonía y el esplendor de la obra de arte como principio básico.
El arte clásico helénico, en cuanto a construcción arquitectónica se refiere, transmitía especialmente en sus templos y demás construcciones públicas, una imagen visual donde se privilegiaba el equilibrio y la simetría geométrica para expresar la idea de cosmos. En su Metafísica, Aristóteles agregó a la idea de orden, ya expuesta en su Poética, la de armonía, en su Metafísica.
En esa armonía proporcional –como lo reconoció mas tarde el arquitecto romano del siglo I d.C. Marco Vitruvio Polión- residía el ideal de belleza, es decir el orden apolíneo:
“Si la naturaleza ha compuesto el cuerpo del hombre de tal forma que cada miembro guarda una proporción con el todo, no es sin motivo que los antiguos quisieran que, en sus obras, la misma relación de las partes con el todo fuera exactamente observada. Pero entre todas las obras de las que regularon las medidas, cuidaron principalmente de los templos de los dioses”5.
Siguiendo la tradición platónica, San Agustín se refirió a la belleza de la Creación como un reflejo de la irradiación del Creador y la manifestación de la verdad divina, fundamento del ser como esplendor de la verdad y el bien. Y el bien como trascendental del ser es lo que todos apetecen: “al contemplar la belleza contemplo al ser” dice Marechal expresando ese deseo del alma de poseer el bien.
Para Martin Heidegger el arte es en su esencia un origen, una manifestación de la verdad, donde se exteriorizan plásticamente abstracciones teoréticas. Y en coincidencia con esta relación entre arte y verdad que hace el filósofo, dice el arquitecto y artista Gaudí:
“El arte es la belleza, y la belleza es el resplandor de la verdad, sin la cual no hay arte. Para conocer la verdad hay que estudiar las cosas a fondo. La belleza es en sí la vida.”6
Por el arte, según la visión de estos dos autores, el hombre se realiza en dos niveles: el ontológico y el gnoseológico.
El arte bello afirmaría Kant, era aquel que generaba un sentimiento de placer en la sensibilidad del observador, en una palabra el cultivo personal del buen gusto. La naturaleza a su entender, provocaba un goce estético análogo.
Ahora bien, el carácter esencial del arte sagrado es lo simbólico (que reune y unifica). Es propio del lenguaje de la divinidad comunicarse a través de símbolos y analogías artísticas.
El hombre como animal simbólico vive inmerso en un universo donde, según Cassirer, “el lenguaje, el mito, el arte y la religión... forman los diversos hilos que tejen la red simbólica.” 7
Y esa creación lingüística y simbólica constituye una clave para cada cultura.
Cuando se le dice a alguien que es un artista -afirma Luis F. Noé- se le está diciendo que es capaz en su lenguaje de concebir un mundo que nos interrelaciona simbólicamente con nuestro entorno.
La simbolización pertenece a la capacidad imaginativa y representativa del espíritu, que permite traducir mediante imágenes polivalentes la correspondencia con los diversos órdenes de la realidad visible lo invisible o abstracto para conducir al hombre a la comunión con lo divino, según la expresion medieval “per visibilia ad invisibilia. ” De esta manera para el hombre medieval, el símbolo cosmológico, presente en las representaciones artísticas se constituyó en una clave eficaz de conducir al símbolo teológico. Como nos interroga nuestro artista Antonio Seguí: “acaso la imagen no sirve para imaginar?”
El objetivo estético se planteó como revelador de la imagen de la naturaleza divina y
su invisibilidad. Al respecto dice Jean Hani:
“El arte sagrado es, pues, como una prolongación de la Encarnación del descenso de lo divino en lo creado y la creación consiste esencialmente en el cosmos sucediendo al caos.”8
Cita que nos introduce en el próximo punto donde consideraremos el significado de la estética sagrada del templo.
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[*]Trabajo presentado en el Seminario de Filosofía y Teología de la Universidad del Salvador con el título “LA OBRA ARTISTICA DEL ARQUITECTO ANTONI GAUDI: Un estudio filosófico y teológico de la estética sagrada”. Buenos Aires, 2005.
1 El concepto estética fue acuñado en 1753 por el filósofo alemán Alexander Baumgartem.
2 Suma Teológica 1,5,4, ad.1
3 Hans Urs von Balthasar, Gloria, una estética teológica, Madrid, ediciones Encuentro, 1985, T.1,p.478.
4 Hipólito Taine, Filosofía del arte, Madrid, Espasa Calpe, 1968, p.16
5 Marco Vitruvio Polión, De architectura, Madrid, Alianza, 1990, Libro III, cap. I, pp. 6-7
6 Antoni Gaudí, Escritos y documentos, Barcelona, el Acantillado, 2002, p.23.
7 Ernest Cassirer, Antropología filosófica, México, F.C.E.,1975, p.47.
8 Jean Hani, El simbolismo del templo cristiano, Barcelona, Sophia perennis, 1983, p.33