Ojos
[extraído del relato “La primavera fantasma”]
Lic. Luis María Etcheverry
Dice una voz:
Vos, que me mirás con esos ojos tuyos,
tan tuyos
y gigantes de asombro niño.
Y yo..., yo que quiero decir infancia, gritar infancia, susurrar infancia
y digo ojos.
Digo tus ojos.
Tus ojos que me miran cuando corro y corro tras de tus ojos.
“¿Por qué?” me pregunto una y otra vez e infinitas veces “¿por qué?”,
si tus ojos están aquí, ante mí,
con mirada de lanza arrojada hacia un sol de sangre
que se oculta más allá de mí hacia el ocaso
y tras de mí y a través de mí
en la caída
en que te estás despeñando y me estás empujando
para no estar solos una vez más
en tu sueño de niña despierta
por esas voces lejanas y siempre más verdaderas
que te llaman por tu nombre
tu nombre
que acaso habías olvidado al borde del estanque
espejo
junto a las lilas silvestres que te gustaba juntar en tu vestido blanco,
blanco lila,
blanco niña
olvidada en la espesura del bosque
en que otra vida te soñaba cayendo en aquella caída tan tuya
y ahora tan mía y tan de nadie,
que entonces me da por correr a la grupa de aquel corcel negro
desbocado
a lo largo de la orilla del mar. El mar. Y siempre el mar.
Hay, entonces, el horizonte incendio
donde un jinete azul te lleva al galope
hacia la noche
bosque de lilas
donde caes dentro de mí, pero más allá de mí,
a lo largo del desfiladero donde se recortan las figuras,
las nuestras, las de un cuento para niños.
Porque de pronto yo soy el jinete que te secuestra
y tu eres la niña de la mirada inmensamente lila
y tu vestido blanco luna se agita al viento vértigo de la corrida.
Y hay algo de apocalipsis en mi presagio de jinete oscuro que da miedo.
Pero no hay secuestro sino rescate de mí hacia ti
en busca del sendero que tu sueñas y que lleva hacia el estanque
espejo
al que me conduces mientras cabalgo en la noche
en que escapamos de la sombra
telaraña
que avanza entre los árboles cuyos pies de gigantes
abrevan en los charcos extáticos de plata.
Porque después de todo no hay el horror
que grita desde la espesura de una pesadilla.
No hay el reclamo de las voces quedas del insomnio.
No hay la persecusión de jinetes perversos
o jaurías hambrientas al acecho de la nada.
Sólo una corrida deslumbrante por el filo peligroso
en que la tierra y el cielo convergen
en un mismo asombro
que nos hiere con su luz de ocaso.
Y hay el silencio del bosque en que se incendia tu mirada
a cada parpadeo de la noche en que avanzamos.
Y tus brazos desnudos rodean mi cintura
donde empuño la espada
que rasga los sucesivos velos de la sombra.
Y durante siglos de cabalgar así,
en la noche
(y como lo único cierto cuando el mundo
se hunde en los pantanos de lo irreal)
sólo es el susurro de tu aliento sobre mi pecho,
sólo es tu voz queda que acierta en cada encrucijada
el derrotero hacia el sueño despierto
en que nos estamos mirando
cuando la imagen del estanque
espejo
nos refleja al alba en los ojos lilas
en que no nos cansamos de buscar
y mirar mientras nos tendemos
a la orilla de la noche en que por fin arribamos.