LA MUECA DEL ÁNGEL
Lic. Luis María Etcheverry
Nos alistamos a la alborada primera del encandilamiento,
cuando el son de la trompeta del Arcángel
era aún una estridencia de la Gloria en el viento,
y nuestra sangre
una obediencia ciega dispuesta a cazar toda alimaña de luz,
con tal de no detener los pasos ligeros de las aladas sandalias;
con tal de no temer al extravío de la alocada persecución,
en la vertiente
más riesgosa y escarpada de los Montes Sagrados.
Supimos marchar con las huestes extranjeras
convocadas desde los confines de la Inmensidad.
Probamos el alma de las espadas con el fulgor estelar,
con tal de que un mismo entusiasmo nos uniera
bajo un cielo abismado de secretas promesas;
con tal de que un mismo fuego nos quemara
al ritmo de una danza de insoportable alegría.
Luego nos dimos a la locura de amar a los hombres
por un mendrugo de pan y un sorbo de vino,
por compartir el pecho de sus mujeres amantes
hasta parir un niño de los vientres hinchados del dolor;
con tal de que se mezclara el azul de nuestra sangre
con el color rojo naciente de la vida y de la muerte.
Y era difícil en aquel tiempo primero de la alborada,
-cuando fuimos legión innumerable que pisaba la tierra
y no había motivo aún para inaugurar la esperanza-
concebir siquiera un vago presentimiento de lo porvenir.
Nunca temimos las hordas desquiciadas de los bárbaros
ni el paso grave y catastrófico de los brutos titanes,
ni el fragor impetuoso de las tempestad mar adentro,
por sabernos conducidos por el Señor de los Ejércitos.
Nunca habíamos pretendido ver Su rostro lejano.
Pero una tarde, ¡Oh inocencia perdida hacia el ocaso!,
estuvimos demasiado cerca de su mano y de su Victoria
para no quedar heridos por la terrible revelación:
he visto para siempre Su mirada melancólica
vuelta hacia la última línea de nuestros guerreros.
Y en aquel instante, preso de un pavor que no olvidaré,
he visto al Unico Enemigo hasta entonces ignorado:
vi al Señor de las Moscas carcomer con insidia
los cuerpos tendidos de las multitudes vencidas,
pronto al acecho de la vanguardia invencible,
tan cerca del horror a la muerte de mi amado amigo.
Entonces padecí la tribulación de esa última batalla.
Perdí mis alas que habían sostenido el firmamento,
depuse la espada forjada en la fragua del Paráclito
y desnudo de la cota invulnerable me hice hombre
entre los hombres, para olvidar al Unico Enemigo
y recordar tan sólo Aquel Rostro vuelto hacia la Luz.