A LA ENCANTADA DEL BOSQUE
Lic. Luis María Etcheverry
Si no hay recintos clausurados en el castillo azul de tu memoria;
ni hay cerrojos pasados tras las puertas de los salones y alcobas;
ni hay un patio y una fuente que sean custodiados por algún violento minotauro;
ni hay torres de marfil sin el secreto pasadizo para refugiarse o escapar;
si sabes la contraseña para el guardián de la puerta a la que unos pocos se atreven,
y tus pies descalzos recuerdan el itinerario de la primera luz invadiendo los espacios;
dime,
¿no eras tú la que antes del despertar me conducía de la mano hasta las ventanas,
para abrir de par en par mis ojos a los jardines todavía húmedos de rocío?
¿No eras tú la que a la hora cómplice de la siesta forzaba los antiguos arcones
y los cofres de joyas exóticas, para probarnos las vidas alegres de otras almas?
¿No eras tú la que en las noches me empujaba por las escaleras empinadas de piedra,
espantando a cuervos y murciélagos para alcanzar las terrazas azules del vértigo?
No. (No comprendo tu peregrinación de sonámbula tras el aullido de los lobos hambrientos.)
No hay puertas, no hay cerrojos, no hay patios y fuentes, no hay ventanas, no hay vestidos,
no hay blancas torres ni altas terrazas a las que no te sea dado retornar a la hora de la luna;
tampoco hay un sitio al que no puedas exiliarte más allá de los mares y los bosques encantados.
Lo que te niegas a mirar no es un espejismo del pasado, o de alguno de los tres tiempos,
no es el tesoro enterrado en una isla cuyo mapa se ha perdido junto al libro de bitácoras.
Por un instante se erige ante tus ojos cansados de tanta espesura inextricable hacia adentro.
Para una eternidad emerge desde el espejo del lago donde nadaba un cisne blanco impasible.
Entre la bruma que se disipa puedes entrever su arquitectura infinita y transparente.
Se te aparece una vez más y tu quieres arrojar las llaves en la profundidad de las aguas.
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