Se me ha preguntado recurrentemente sobre el significado de mis cuadros. No es éste el lugar para justificarlos, de hecho no podríamos hacerlo nunca del todo.
Acercaremos sin embargo una orientación a sus motivos fundamentales. Lo cierto es que en todas las transfomaciones que sufrieron estas imágenes parece haber unas formas simples pero generativas que se van desarrollando progresivamente.
Los comienzos de lo que podría llamarse mi estilo, remite a unas intuiciones primitivas que comienzan a expresarse bajo el ropaje del agua, de ahí pasan a objetos blandos que de a poco van tomando la forma de metáforas orgánicas interiores, intestinales, arriñonadas y uterales.
A este elemento se le suman unos cuerpos duros, inorgánicos o translúcidos, madera, cristales y superficies marmóleas. Con el tiempo estos comienzan a semejar unas espinas. Estos dos elementos originarios (Duros y blandos) parecen luchar dentro de la obra, intentando predominar de alguna manera.
Un cuadro llamado Cristo fáunico, hace de síntesis de toda esta etapa que quiero mos-trar aquí. En ella se ve una especie de coro-na de espinas de carácter orgánico a la que le nacen unas espinas sangrantes.
En su centro, y como un relicario, se deja traslucir, apenas, un rostro de Cristo crucificado.
Con aquellos primarios recursos se constituye un orden significante más profundo, justamente una exploración de significados sacrales, tema fundamental de estas obras.
Se trata de una lucha íntima representada por estos dos elementos primordiales, orgánicos e inorgánicos. En esta intención se encuentra, quizá, el nudo sacral por excelencia de todas las obras que aquí se presentan.
Un asunto inherente a este tema, pero que podríamos desarrollar por separado remite directamente al proceso creador mismo como problema que se debate en las obras.Vamos a pensar mínimamente una de ellas. Aquí se deja ver una imagen recurrente.
Se trata de una metáfora femenina, vinculada con un útero abierto que en general deja a medio salir una especie de bolsa amniótica. Algo así como unas trompas de falopio contiene a un ser utópico. Esta imagen está rodeada de unas alas que marcan una dirección descendente. El peso de aquella bolsa empuja también hacia abajo.
En la base del cuadro una cabeza de ave parece lanzar un grito, segundos antes de estrellarse.
Ésta, como casi todas mis obras importan-tes, están inspiradas en una imagen matriz que me impulsa a expresar algo, sin lograrlo.
Se trata de aquella convivencia permanente y extraña entre vida y muerte, que vuelve recurrentemente bajo el ropaje de otros combates como el de la creación y la des-trucción, lo masculino y lo femenino, el as-censo y el descenso, la relación entre el Hombre y Dios.
El cuadro parece ser un gran parto, sólo que este nacimiento está significado como una caída. Las alas pueden incluso hablar de una transfiguración de algo eterno en algo finito.
El grito quizá hable del dolor que significa el tener que nacer a cada rato y morir cada vez a algo.
Debo reconocer, igualmente, que desconoz-co el sentido último de mis telas. Sin embargo, sé que como exploración plastico - visual sigue la de otros que, quizá con mas éxito, se dirigen a un foco de atensión fundamental como es la pregunta por lo sa-grado.
La serie que aquí se presenta tiene una téc-nica ascética como es el dibujo. Como tal, sólo recurre a la luz y la sombra.
Esto no es casual. De alguna manera da cuenta de un esfuerzo por ahorrarse lo ac-cesorio o decorativo, para ir de lleno a los rendimientos teológicos del arte.
Estamos ante una obra que se pregunta sobre las posibilidades e imposibilidades que tiene el arte de comunicar con lo divino.
Dimensión teofánica, por cierto, bastante descuidada.
Que no compartamos del todo el rostro del Dios que esta obra intenta revelar no debiera extrañarnos. Mucho menos que estas interpretaciones no coincidan con la imagen religiosa tradicional. Es que esta búsqueda se monta sobre el supuesto de un cierto agotamiento de los significantes religiosos cristianos y por ello mismo arriesga otras formas expresivas de los sagrado que hay que interpretar, casi, oracularmente.
Algo de esto, sin duda, debió motivar a los hombres del pasado llevándolos hacia un arte sacro. El fracaso de otros medios condujo a cada época a ensayar esta misma exploración extrema, tan desesperada como aparentemente inútil.
Ante todo se trata de liberar el discurso del arte a su propia significación de lo que es santo. Con esta obra se trata de entender el propio presente y su aparente olvido de la pregunta por Dios. Justamente por eso se hace acuciante volver a reconstruir los lazos que el arte siempre tuvo con lo numinoso. La obra sugiere constantemente estos signos.
En definitiva, la muestra tiene como intención eminente esta concentración semántica que se ejerce en todo intento de figuración de la divinidad. En este contexto, la exégesis artística siempre tuvo y tendrá algo de herético. Es que, el filósofo parece evocar lo sagrado como algo ya retirado de la presencia y por tanto hurga en su rostro más predecible.
El religioso, mientras tanto, invoca su presencia ya configurada. El gran arte, en cambio, provoca lo sagrado, trazando exploratoria y peligrosamente los límites entre lo que es humano e inhumano.
Javier Sanguinetti
León-España
Febrero del 2004 |